jueves, marzo 05, 2009

pueblo de fantasmas

cruzar el puente al otro lado
sé que hay alguien más
cenizas a un costado
y calor

quien se esconde y quien te ve
anónimos y tan frágiles
huían
hasta hoy

sin saber muy bien
que hay casas en lo alto
y tazas de té
tiradas boca abajo
tal vez

sólo quiero un poco de acción
oigo otra voz
otra voz
¿me hablaban?

los fantasmas de esta ciudad
se esconden o te salvan
se esconden o te salvan

viernes, febrero 27, 2009

Comillas

De Crónicas de motel, de Sam Shepard.

Me volví hacia la extensión de tierras y me pregunté hasta dónde ir. Exactamente la misma pregunta que me hice antes, cuando nadaba en el océano. ¿A partir de qué lugar empieza a ser peligroso seguir alejándose? Y comprendí que uno se lo pregunta cuando ya empieza a creer que ha ido demasiado lejos.

18/12/79

jueves, octubre 16, 2008

comillas

Lo que va a continuación es parte de una entrevista a Paul Schrader (entre otras cosas guionista de algunas películas de Scorsese), publicada en la revista web Rouge bajo el título "Pretending that life has no meaning". La entrevista es de setiembre de 2005 y fue hecha por George Kouvaros. La traducción es mía y afuera cae pelusa de los plátanos.


Schrader: La misma cuestión surgió en Patty Hearst (1988) y, hasta cierto punto, con Auto Focus (2002): ¿cómo las llevas a cabo?

Recuerdo una vez haber tenido una conversación con Sydney Pollack. Él hablaba acerca de los directores como yo que entran a su oficina (Mirage Productions) buscando su apoyo para realizar una película. Y dijo: “Estos jóvenes cineastas independientes… Los veo y no noto mucha diferencia entre nosotros. No entiendo realmente en qué sentido son diferentes a mí”. Yo le dije: “Bueno, Sydney, yo he hecho dos películas en las que, desde el mismo momento de empezar a filmarlas, ya sabía que no tendrían ningún éxito económico. Pero en ambos casos creía que eran películas interesantes y que valía la pena el esfuerzo. Ahora, ¿tú harías eso? Pensó por un momento y preguntó: “¿Si supiera que una película no va a lograrlo?”. Le dije que sí, y él dijo: “No, no la haría. Me retiraría al darme cuenta de que va a fracasar”. Yo sabía que Mishima (1985) no tendría buen futuro en lo económico y que Patty Hearst nunca sería un éxito, pero me pareció valioso hacerlas.


Kouvaros: Asumir esa clase de riesgos demanda a su vez gran esfuerzo físico y emocional. Y luego, una vez hecha la película, conseguir un distribuidor…

Schrader: No estoy de acuerdo. Por el contrario, hacer una película de mierda es mucho más agotador. Hablando de esfuerzo, yo no entiendo cómo lo hacen. No entiendo cómo esa gente va y hace la misma película que ya ha visto cien veces y que otros ya han hecho cien veces. Es ir a la fábrica sólo para forjar el mismo objeto que has estado forjando toda tu vida. ¿Cómo haces eso en las artes? Eso me volvería loco. En cambio, salir y decir. “¿Cómo carajo voy a sacar esto adelante?”, eso es lo que te mantiene despierto, eso es lo que te motiva y te hace sentir vivo. Por eso no entiendo cómo los directores lo hacen igual que si fuera un trabajo. Creo que todo debería ser una cuestión de: “No sé si podré sacar esto adelante”. Quizá nos veamos dentro de unos años y te diga: “¿Te acuerdas de aquella película sobre la que dudaba si tendría éxito? Bueno, no lo tuvo, pero fue necesario hacerla para averiguarlo”.

domingo, septiembre 07, 2008

tratando de escatología

Apenas empieza el domingo y ya no queda nada más para decir, decir que tenga sentido, quiero decir. Pero podría intentar eso que dicen que uno puede hacer cuando se dispone a escribir sin pensar y sin cuestionarse, digo, como si luego de cagar tiráramos la cisterna pensando en todo lo que ese torrente inconsciente de agua se llevará, como si pudiéramos zambullirnos en el torbellino y penetrar por los caños, las alcantarillas, el saneamiento público, y dejarnos arrastrar por la oscuridad, ignorando a dónde conducen todas estas cañerías. No hay que preguntar. Sólo extender los brazos hacia los costados y sentir el roce de las paredes, los ladrillos en las uñas, en las yemas de los dedos, como si fueran ojos, pero mucho, mucho más… Todos los sentidos combinados y comunicados en uno solo, único, infinito, total. Y tanto mejor si pudiéramos fabricarnos, hacer nacer de nuestro cuello, las ranuras de las agallas y respirar bajo el agua, la mugre, nuestros desechos, el flujo en que devino ese plato de comida que mamá sirvió en la cena de hoy. Nosotros fuimos los transformadores y ahora lo estamos apreciando con nuestro sentido único y total, ¿por qué deberíamos espantarnos? Es un producto bien nuestro, un producto producto de nuestra ingesta de productos, viajando por este cacaducto sin duda alguna. Y con los brazos extendidos hacia ambos lados, la cabeza echada hacia atrás, sintiendo el roce de los cuerpos en nuestros cachetes, sintiendo el agua filtrarse a través de nuestros dientes, rechazando sin quererlo los pedazos de choclo y las hilachas que retienen accidentalmente los pelos de nuestra nariz. Nariz que ya no huele por sí misma sino que está unida a los otros sentidos que ya no son sentidos por sí mismos sino que se encuentran, como dije antes, en profunda sinergia. Y podemos dejar de lado nuestro cerebro también. Perder el sentido último, el primero, y el del medio. Perder todos los sentidos y volvernos incoherentes, dejar de preguntarnos qué cosas y seguir la flecha, las flechas, por más contradictorias que sean, o incluso agarrar los carteles que contienen a esas flechas y usarlos como remos o quillas para divertirnos en la corriente hospitalaria que nos lleva y nos amansa sin saber siquiera nuestros nombres o nacionalidad, ¡porque no le importa, no le interesa! Ella nos tiene y nos mantiene como parte del juego y sería propio de nosotros respetarla y no hacerle preguntas ni darle respuestas que ella no nos ha pedido. Sólo podemos abrir la boca, tragar y decir que todo ha estado de maravilla, de veras muy rico. Saludar, limpiarnos las comisuras de los labios con este pañuelo que va allá a lo lejos, mirarla (ya no con los ojos, ¡sino con todo el sentido total!) y decirle, con una mano en el corazón, ¡con todo el sentido en el corazón!, que debemos volver a casa, pero que esperamos todo esto se repita pronto. Y muchas gracias.

domingo, agosto 31, 2008

de sábanas un mar

Hace días que vengo durmiendo mal. Me despierto sudado una, dos, tres veces por noche. Algunas sin razón. Otras, por un sueño, un ruido, el calor, el teléfono. Hoy soñé que caminaba por una playa con médanos muy altos y empinados. En lo alto del médano había pasto, muy poco, y más atrás me acompañaba la figura de una persona de campera abierta y rulos al viento; pero quizá fuera un espejismo, porque su imagen iba y venía, o perdía opacidad, o vibraba en el aire como la calina. De todas maneras su presencia no era muy importante, sólo un detalle en la escenografía. El asunto es que iba caminando por la cresta de ese médano, mirando hacia abajo, hacia una especie de arroyito que desembocaba en un río o mar que jamás llegué a divisar. Lo único que me llamaba la atención era la altura, la inclinación del médano, y que todo fuera arena y qué pasaría si me tirara. Seguí caminando hacia no sé dónde, mirando hacia abajo, pensando en fórmulas para calcular la densidad de la arena y si me haría daño. Lo estaba pensando, meditando, retrasándolo sin querer, pero era cuestión de segundos para que me tirara.

De pronto el viento cobró fuerza, mucha fuerza, aunque no escuchaba su zumbido. Así que aproveché la ráfaga y salté bien alto, alto, alto, y el viento se embolsó en mi panza. Mi remera gigante, estirada, hacía de bolsa para el viento, que me elevaba más y más, me escupía hacia arriba como a un hada madrina y me deformaba la cara. Así estuve durante unos minutos flotando, hasta que el soplido perdió fuerza, cesó instantáneamente y me dejó solo allá arriba. Hice un esfuerzo, aleteé, y apenas un poco más logré subir por mi cuenta, hasta que comencé a caer sin remedio. La adrenalina me invadió. El pánico, la incertidumbre. Según mis cálculos… ¡qué cálculos! No había hecho ningún cálculo, no había encontrado ninguna fórmula de nada. Cerré los ojos. Los abrí. Todavía seguía cayendo, como si la distancia o los segundos se hubieran estirado, dándome más paño para sufrir. Cerré los ojos otra vez. Sentí la tensión y el miedo en los dientes, una vibración silenciosa pero demoledora. Cuando volví a abrirlos el suelo estaba a unos pocos metros. Ya podía ver cada grano de arena por separado, la resaca acumulada entre las piedras, los caparazones viejos y molidos. Me concentré en mis rodillas, en los dedos de mis pies y aterricé.

Hundido en la arena, apenas unos pocos centímetros, no sentía ningún tipo de dolor. Al parecer nada me había ocurrido. Hice un chequeo rápido y corroboré que cada hueso siguiera en su lugar. Me invadió el alivio, como quien salva su turno en la ruleta rusa. Levanté la cabeza y miré la cresta del médano, sólo para confesar que algún día me gustaría hacer paracaidismo.